Por Berny Diaz
New York,- Para algunos, la Navidad es sinónimo de fiesta, luces y alegría compartida.
Para otros, en cambio, llega cargada de silencios, de ausencias y de una nostalgia que pesa más cuando se vive lejos de la tierra que nos vio nacer.
En distintos países del mundo, miles de personas enfrentan estas fechas lejos de casa, persiguiendo sueños que permanecen despiertos, aunque a veces se sientan cada vez más lejanos.
Muchos viven con la incertidumbre de no saber si podrán regresar algún día: la falta de documentos, las limitaciones económicas y los procesos migratorios interminables convierten la esperanza en una espera prolongada, casi indefinida.
Familiares, amistades e hijos —que sobreviven gracias al sudor de quienes no pueden viajar— difícilmente alcanzan a dimensionar los sacrificios que implica sostener la distancia.
Detrás de cada remesa enviada hay jornadas extenuantes, soledad y una renuncia constante a los afectos más básicos.
En estas Navidades, el reconocimiento es para todos esos guerreros que continúan “tirando el pleito”, resistiendo con dignidad, trabajando en silencio y manteniendo viva la fe. Que este tiempo sirva también para abrazarnos, aunque sea desde lejos, y desearnos una Feliz Navidad con el corazón.
Porque, aun en la lejanía, Dios no nos deja solos ni en vergüenza. La esperanza de regresar sigue viva, y mientras exista, ningún sacrificio habrá sido en vano.
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